Un mundo intenso
de belleza inquietante
A
través del profesor Hitoshi Oshima que se interesó en mi trabajo
literario y teatral fui invitada por primera vez al Festival de Toga en
1990.
Mis actores y yo viajamos por
gentileza del Japan Performing Arts Center y de Tadashi Suzuki, en
esta oportunidad y en las siguientes, en 1991 y 1994.
Las funciones de La Mujer del Abanico de Yukio Mishima que dirigí y
adapté fueron una experiencia indescriptible. El Toga Sambo está en
un montículo y es una antigua casa de campo adaptada cuyas vigas de
madera y techo de paja le confieren un estilo misterioso y una
acústica perfecta. La audiencia se sienta en el suelo tapizado con
perfumados tatamis color natural y el escenario, que también es de
madera, está recubierto por una hoja de delgado aluminio sepia,
elevado algunos centímetros sobre un piso de piedras blancas y lisas
que evoca la tradición del escenario Noh. Un ámbito que modificó,
sin duda, la calidad de la energía de nuestro trabajo por acción de
la forma, transformando la representación en un verdadero rito, que
logró penetrar a través de las diferencias idiomáticas y culturales,
para conmover y conmovernos con la efusividad de un público hasta
entonces desconocido para nosotros.
Al año siguiente fui invitada a dirigir un proyecto intercultural
que fue creado y producido en Toga durante un mes de convivencia en
comunidad con artistas japoneses, americanos y polacos.
Carmen fue una teatralización de la ópera de George Bizet basada en
la historia de Próspero Merimée, adaptada en este caso por Susana
Gutiérrez Posse. El grupo estaba integrado por actores japoneses del
grupo SCOT del maestro Suzuki, argentinos de mi grupo El Angel y una
actriz americana.
La obra fue representada en tres idiomas: inglés, japonés y español,
y se estrenó en1991 en el anfiteatro al aire libre construido a la
griega enclavado sobre un lago al borde de una montaña. La serenidad
del paisaje japonés y la imponencia de la piedra crean un clima de
singular belleza.
Parte de un programa especial de celebración de los diez años de
existencia del Festival de Toga, esta producción teatral, que
apuntaba a la búsqueda de un lenguaje universal por encima de las
barreras culturales, resultó una vivencia artística y humana de gran
enriquecimiento.
Ese mismo año fui invitada por Tadashi Suzuki y el departamento de
Cultura de Japón para asistir al curso de entrenamiento que el
Maestro realizaba después de finalizado el festival.
En 1994 tuve la oportunidad de regresar a Toga, esta vez con Hombre
de la Esquina Rosada de Jorge Luis Borges, cuento que adapté y
dirigí y que fue recibido con gran entusiasmo por parte del público
internacional del festival.
Pero, más allá de los adelantos técnicos y de la belleza del lugar,
en Toga lo que más impacta es el factor humano.
Scot es, además de un talentoso grupo de artistas, un eficiente y
gentil anfitrión diestro en todos los oficios del teatro, capaz de
realizar tareas de limpieza, iluminación, sonido y montaje de
escenario para los grupos invitados con la misma intensidad y
disciplina con que nos deleitan con su arte.